La administración de la presidenta Claudia Sheinbaum ha dado un giro en la política energética al poner sobre la mesa la posibilidad de reactivar la explotación de petróleo y gas de esquisto —conocido internacionalmente como fracking o fracturación hidráulica— tras años de rechazo explícito a esta técnica.
Hasta hace poco, el uso del fracking había sido un tabú en la agenda energética mexicana, con administraciones anteriores refrendando su oposición por motivos ambientales y de salud. Sin embargo, en febrero de 2026, la presidenta Sheinbaum reconoció que el tema está “a discusión”, abriendo la puerta a evaluar su viabilidad técnica y económica con la premisa de reforzar la soberanía energética del país y reducir la creciente dependencia de gas importado de Estados Unidos.
Este replanteamiento se da en un contexto donde México importa alrededor del 75 % del gas natural que consume, en su mayoría desde Texas, donde el fracking es una fuente importante de producción energética.

¿Qué son los recursos no convencionales y dónde están?
Los recursos de petróleo y gas de esquisto son hidrocarburos atrapados en rocas de baja permeabilidad que requieren técnicas avanzadas como el fracking para liberarse. En México, varias cuencas muestran potencial significativo:
La Cuenca de Burgos, fronteriza con Texas, forma parte de una extensión de la formación Eagle Ford, con estimaciones técnicas de hasta 343 billones de pies cúbicos de gas de lutitas y 6.3 mil millones de barriles de petróleo recuperable.
Otras zonas con indicios de recursos no convencionales incluyen Tampico-Misantla, Sabinas-Burro Picachos y áreas de Veracruz.
Expertos estiman que la explotación de estos yacimientos podría agregar alrededor de 300 000 barriles diarios adicionales a la producción de hidrocarburos en México en su fase de mayor desarrollo.

Presión para rescatar a Pemex
Petróleos Mexicanos (Pemex) enfrenta una profunda crisis financiera con producción estancada y una pesada carga de deuda, según analistas y reportes recientes. Frente a esta situación, la estatal ha incorporado en su Plan Estratégico 2025–2030 la explotación de recursos no convencionales como una pieza clave para diversificar su portafolio y tratar de elevar la producción de gas y crudo.
Analistas del sector energético señalan que el desarrollo de los yacimientos de esquisto requiere una inversión significativa y, muy probablemente, la entrada de capital e innovación tecnológica privada para que sea rentable y competitivo, sobre todo en áreas como Burgos.

Argumentos a favor del fracking
Los defensores de la técnica señalan varios beneficios potenciales:
Menor dependencia de importaciones energéticas, al aumentar la producción local de gas y crudo.
Impulso económico y generación de empleo en regiones del norte del país con infraestructura petrolera.
Aplicación de tecnologías modernas que, aseguran algunos expertos, reducen el uso de agua y minimizan impactos ambientales en comparación con métodos del pasado.

Riesgos ambientales y oposición social
No obstante, el fracking sigue siendo altamente controversial. Organizaciones ambientalistas y grupos sociales han expresado preocupaciones fundamentadas sobre:
Consumo intensivo de agua y el riesgo de afectación a cuerpos hídricos locales.
Contaminación de suelos y acuíferos por químicos utilizados en el proceso.
Potencial de microsismos y daños a ecosistemas sensibles.
Además, la Alianza Mexicana contra el Fracking ha denunciado falta de transparencia en la asignación presupuestal relacionada con proyectos que implican fracturación hidráulica, lo que agrava las preocupaciones sobre los impactos sociales y ambientales.

¿Qué sigue para México?
La discusión actual sobre fracking en México se sitúa en un punto crítico: por un lado, hay una presión económica significativa para aumentar la producción de energía local y aliviar la situación financiera de Pemex; por otro, persisten fuertes resistencias sociales y ambientales a un método asociado históricamente con contaminación y riesgos para la salud.
La Casa Blanca del gobierno mexicano ha indicado que cualquier avance en este rubro estaría condicionado a evaluaciones técnicas rigurosas y, potencialmente, al desarrollo de versiones más sustentables del fracking tradicional.
Mientras tanto, el país observa lo que ocurre en otras naciones como Estados Unidos o Argentina —donde la explotación de esquisto ya forma parte del esquema energético— para ponderar beneficios y riesgos antes de tomar decisiones estructurales que podrían definir su política energética en las próximas décadas.
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