Puebla, Pue. Aunque hoy predomina el consumismo, el significado profundo de la Navidad sigue llamando a mirar la ternura, la vulnerabilidad y la dignidad de la vida cotidiana, señaló Alejandro Ortiz Cotte, teólogo y coordinador de Innovación en Servicios de Información de la Biblioteca Interactiva Pedro Arrupe, SJ, de la Ibero Puebla.
Para comprender esta celebración, el académico distinguió dos aspectos esenciales: su origen histórico y su sentido para la fe en nuestro tiempo.
Explicó que la fecha de la Natividad se fijó alrededor del año 350, cuando el papa Julio I retomó el culto al Sol Invicto, una festividad muy popular entre otros pueblos.
La Iglesia vinculó esa figura con Jesús, dando lugar a la fecha en que se conmemora su nacimiento, aun cuando no existe certeza histórica sobre el día exacto.
Según Ortiz Cotte, a los antiguos no les preocupaba establecer la precisión cronológica, sino el significado espiritual del acontecimiento. Así llegamos al presente, donde, en medio de guerras, problemas geopolíticos e incertidumbres, la Navidad emerge como un llamado a recuperar el sentido teológico narrado por los evangelios.

El nacimiento: Dios presente en la fragilidad humana
Este mensaje se expresa con especial fuerza en la tradición del nacimiento, una práctica que en México se consolidó gracias a los franciscanos tras su llegada en 1524. En esta representación, señaló el académico, se revelan tres símbolos fundamentales:
Dios se hace humano
Dios se hace bebé
Dios se hace presente en lo pequeño y vulnerable
La escena del pesebre recuerda que la presencia divina no se manifiesta en los palacios ni en el poder, sino en las casas sencillas, en los espacios precarios donde vive la mayoría de la humanidad. “Ahí Dios nace continuamente”, afirmó. Jesús aparece en los lugares donde se juega la vida, entre las personas empobrecidas, las víctimas y quienes luchan por sobrevivir.
Para Alejandro Ortiz, vivir la Navidad desde esta mirada implica orientar el corazón hacia quienes encarnan hoy esa fragilidad.
En los pequeños detalles, en la ternura y en la dignidad de cada persona, dijo, se revela el Dios que nace en medio de la historia, que hoy se ve asediada por los grandes clamores de la realidad.

Las posadas y su origen histórico en México
Las posadas, celebraciones que han cambiado radicalmente desde su origen, comienzan este 16 de diciembre de 2025.
Las piñatas, el ponche, la letanía… o la fiesta, el baile y la música, comienzan a llegar a las casas mexicanas con un significado especial para México, ya sea a nivel cultural o económico, con una derrama económica de al menos 560 mil 800 millones de pesos.
Pero esta celebración, una de las más arraigadas en el país durante diciembre, tiene un origen que combina elementos prehispánicos, de evangelización y simbolismos que han evolucionado a lo largo de los siglos, explicó Alfredo Cruz Colín, jefe de Talleres Artísticos de la Ibero Puebla, al compartir el trasfondo histórico de esta festividad.
El académico señaló que uno de los primeros registros de las posadas proviene del convento agustino de Acolman, cerca de Teotihuacan, donde un fraile observó en el siglo XVI que los pueblos originarios realizaban rituales nueve días antes del solsticio de invierno.
Estas comunidades, profundamente vinculadas a la agricultura y al movimiento de los astros, celebraban la transición en la que el sol, ligado a la deidad Huitzilopochtli, comenzaba a recuperar fuerza el 24 de diciembre, simbolizando la victoria de la luz sobre la oscuridad.
Al notar esta coincidencia simbólica con el nacimiento de Jesús, el fraile solicitó al papa permiso para integrar estas celebraciones con el relato cristiano. Así se compaginó la tradición indígena con la historia de José y María buscando posada en su camino a Belén. Los días del novenario, del 16 al 24 de diciembre, representaron también los nueve meses de embarazo de la Virgen María.

De rito religioso a celebración comunitaria
Durante el periodo virreinal, los atrios de las iglesias del siglo XVI se convirtieron en escenarios de procesiones en las que se llevaban imágenes de los peregrinos. Más adelante se incorporó la letanía, mediante la cual se realizan peticiones a la Virgen para que interceda por quienes participan en la celebración.
Con el tiempo, las posadas fueron sumando otros elementos festivos: el reparto de frutas, dulces y aguinaldos, así como la llegada de la piñata desde China.
En México, este objeto adoptó un fuerte simbolismo católico con su forma original de estrella de siete picos, que representa los siete pecados capitales, y al romperla se evoca el esfuerzo por vencerlos y crecer como personas.
Si bien el sentido religioso de la posada se conserva en muchos hogares, hoy la tradición también se vive como un espacio de convivencia con amistades y seres queridos.
Para Cruz Colín, este espíritu comunitario mantiene vivo el corazón de la celebración: encontrarse, reunirse y fortalecer los vínculos con las personas que no siempre se pueden ver durante el año.

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