En los últimos años, el discurso del empoderamiento femenino ha adoptado una nueva forma: la del cuerpo fit. Ya no se trata de ser delgada, sino de ser fuerte, tonificada y disciplinada. Miles de mujeres muestran en redes sociales sus rutinas de gimnasio, sus ayunos intermitentes y los gramos exactos de proteína que consumen después de entrenar.
A primera vista, esta tendencia parece promover salud y bienestar. Sin embargo, detrás de los videos motivacionales y los cuerpos fibrados, se esconde una nueva presión estética que reemplaza la delgadez extrema de los años 2000 por la obsesión por la musculatura perfecta.
El bienestar como disfraz del sacrificio
Las llamadas “guerreras del fitness” promueven un estilo de vida basado en la constancia, la disciplina y el sacrificio. Renunciar a una salida nocturna o a una cerveza para cuidar el abdomen plano se presenta como una muestra de fortaleza emocional. Pero en realidad, muchas de estas prácticas rozan la autorrestricción extrema y el control obsesivo, comportamientos cercanos a los trastornos de la conducta alimentaria (TCA).
Esta nueva moral del cuerpo saludable recuerda la vieja cultura de la “heroína chic”, cuando pasar el día con una sola aceituna era símbolo de fuerza de voluntad. Hoy, la diferencia es que el sufrimiento se disfraza de autocuidado.
Fitness, estética y control del cuerpo
Autores como Naiez Yeah en Sobre la belleza y Núria Busquet en Fam analizan cómo la obsesión contemporánea con el cuerpo tonificado se convierte en una negación constante de lo físico real. Ambas coinciden en que la cultura del fitness y la cirugía estética comparten un objetivo: transformar el cuerpo hasta hacerlo encajar en un ideal inalcanzable.
Aunque la industria del bienestar promueva la idea de equilibrio, su práctica cotidiana fomenta una hipervigilancia alimentaria y una rutina militarizada que pueden resultar tan dañinas como los hábitos que pretende reemplazar.
Entre la salud y la autoexplotación
El fitness moderno plantea un dilema: ¿realmente buscamos bienestar o seguimos esclavizadas por la apariencia? La obsesión por levantar más peso, medir los macronutrientes o evitar los procesados no garantiza salud emocional. Al contrario, perpetúa la idea de que el cuerpo debe ser moldeado, vigilado y corregido.
En el fondo, los maniquíes no desaparecieron: solo cambiaron de forma. Lo verdaderamente preocupante no es su irrealidad, sino que seguimos mirándolos sin poder apartar la vista.
Con información de El País
*ARD














