Elegida por atletas, nutricionistas y personas que buscan mejorar su alimentación, la pechuga de pollo se ha consolidado como un alimento esencial en la dieta moderna. Su alto contenido proteico, bajo aporte calórico y versatilidad culinaria la convierten en una opción ideal para cuidar la salud sin renunciar al sabor.
Una fuente de proteína eficiente
Según expertos en nutrición de universidades estadounidenses, la pechuga de pollo sin piel aporta 32 gramos de proteína y apenas 160 calorías por cada 100 gramos, superando a otras proteínas animales como el salmón de cultivo, que ofrece 22 gramos de proteína y 206 calorías.
La proteína es clave para el desarrollo muscular, la reparación celular, la producción de enzimas y la síntesis de anticuerpos. Especialistas como Heidi Silver y Lee Murphy destacan que una dieta rica en proteína de calidad mejora el rendimiento físico, la recuperación y el funcionamiento general del organismo.
Beneficios cardiovasculares y cognitivos
La pechuga de pollo contiene grasas saludables como el ácido oleico y el ácido linoleico, asociados a beneficios cardiovasculares cuando sustituyen a carnes rojas o procesadas.
En el plano cognitivo, es rica en vitaminas del complejo B, especialmente B6 y B3 (niacina), fundamentales para la producción de neurotransmisores como la dopamina, serotonina y melatonina, que regulan el estado de ánimo, el sueño y la concentración.
Otros cortes del pollo
Aunque la pechuga es el corte más magro, los muslos y patas también aportan nutrientes como vitamina B12, hierro y zinc, esenciales para la salud inmunológica y neurológica. Los especialistas recomiendan alternar ambos tipos de carne para una dieta equilibrada.
En resumen, la pechuga de pollo es práctica, accesible y poderosa para mejorar la salud, el rendimiento físico y el bienestar general, siendo un ingrediente clave en una dieta inteligente y funcional.
Con información de Infobae
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