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¿Con quién darías el último viaje?


Pienso, luego existo
Por Adela Ramírez | 1 Noviembre, 2026 | 16:19 h
Opinión
¿Con quién darías el último viaje?

¿Qué llevaríamos al otro lado si supiéramos que nos espera un viaje sin regreso? ¿Una moneda para pagar el pasaje, un corazón que no pese demasiado o, un perro que nos quiera lo suficiente para cruzar con nosotros el último río?

A lo largo de la historia la humanidad se ha inventado maneras de no morirse del todo; además, distintas cosmogonías sostienen que, al final del camino, alguien nos estará esperando. Un dios, un barquero, un perro o una criatura de aspecto misterioso que conoce la ruta.

En el antiguo Egipto ya había quien se encargaba de orientar a los muertos. Su nombre era Anubis, el dios de cabeza de chacal, guardián de las necrópolis y protector de los cuerpos durante la momificación. Su trabajo consistía en acompañar a los difuntos y supervisar el juicio que decidiría su destino.

En la Sala de las Dos Verdades, el corazón del fallecido se colocaba en una balanza frente a la pluma de Maat, símbolo de la verdad y el orden. Anubis vigilaba el pesaje; Thot, el dios escribano, registraba el resultado, y Osiris, señor del inframundo, dictaba sentencia. Si el corazón se mantenía en equilibrio, el difunto podía continuar su existencia. Si no, Ammit, una criatura con cabeza de cocodrilo y cuerpo de león e hipopótamo, se lo devoraba.

Como en muchas religiones, se creía que en el más allá las acciones de la vida también tendrían consecuencias. Incluso, los egipcios colocaban amuletos sobre el corazón para protegerlo. Porque una cosa es tener conciencia y otra muy distinta confiar en que no te traicione durante el juicio final.

Siglos después, los antiguos griegos imaginaron otro escenario. El inframundo tenía ríos, puertas y un encargado de transportar a las almas: Caronte. El viejo barquero conducía a los muertos a través de las aguas hacia el reino de Hades, pero su trabajo no era gratuito. Había que pagarle una moneda, el óbolo, que en algunas tradiciones funerarias se colocaba en la boca del difunto.

Así que, si alguien pensaba que la muerte era democrática, Caronte tenía otros datos. Sin moneda, no había viaje. Los muertos que no podían pagar quedaban condenados a vagar por la orilla.

Además, la entrada al inframundo estaba custodiada por Cerbero, el perro de tres cabezas. Un guardián que no necesitaba ladrar para dejar claro que no había segundas oportunidades.

Pero mientras en el Mediterráneo los muertos cruzaban ríos en barcas, en Mesoamérica el viaje era mucho más largo. Para los antiguos mexicas, quienes morían de manera natural emprendían un recorrido de cuatro años por distintos obstáculos hasta llegar al Mictlán, el lugar de los muertos, gobernado por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl.

Donde aparece uno de los acompañantes más entrañables de toda esta historia: el xoloitzcuintle.

El perro no era un simple adorno funerario ni un animal de compañía para el último paseo. En diversas tradiciones nahuas, su presencia estaba vinculada con la posibilidad de atravesar el río Chiconahuapan, una de las etapas del viaje al inframundo. El difunto necesitaba la ayuda de un perro para cruzar sus aguas; en algunas versiones, el animal reconocía a su antiguo compañero y lo llevaba sobre el lomo hasta la otra orilla.

No cualquier perro, según la leyenda. Los de color blanco se negaban a cruzar porque no querían ensuciarse; los negros decían que ya estaban sucios y no querían contaminar el agua. Los bermejos, en cambio, aceptaban ayudar al muerto.

Y uno no puede evitar pensar en la lealtad de esos animales que, incluso después de la muerte, siguen siendo capaces de reconocernos.

La arqueología ha encontrado figurillas de perros en contextos funerarios mesoamericanos y existen representaciones de esta relación entre el difunto y su acompañante. El xoloitzcuintle, además, tenía un significado sagrado y se vinculaba con Xólotl, deidad asociada con lo doble y con el tránsito del Sol por el inframundo.

Entre dioses que pesan corazones, barqueros que cobran monedas y perros que cruzan ríos, la humanidad ha ido construyendo una geografía de la muerte. Cada civilización dibujó su propio mapa, pero casi todas parecen coincidir en algo: nadie debería emprender solo el último viaje.

Nos negamos a desaparecer por completo, o que nuestros seres queridos lo hagan… Yo creo que precisamente la familia, las personas más allegadas, los amores más profundos, pueden ser los que nos den la bienvenida al otro mundo, una cara conocida tiene que enseñarnos el camino…

Esa luz de la que tanto se ha escrito y hablado debe provenir de algo sagrado que nos indique el descanso eterno o la siguiente reencarnación … pero, me niego a pesar que, cuando el corazón se detenga nuestro espíritu se esfume y nuestra esencia se disuelva por siempre.

Pienso que por eso seguimos hablando con nuestros muertos, guardamos sus fotografías, visitamos sus tumbas y ponemos flores en sus altares. Es precisamente el n entre quienes se fueron y quienes seguimos aquí.

Y si algún día nos toca cruzar, ojalá tengamos la moneda para Caronte, un corazón que no nos delate frente a Anubis y, sobre todo, un xoloitzcuintle que nos reconozca al otro lado del río.

Los mitos nos han enseñado que la muerte podrá ser inevitable, pero la compañía, esa sí, puede ser eterna.

 

*ARD

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