Se acerca la temporada de Día de Muertos y el terror está presente en todas partes, a casi todos nos pasa algo extraño, y es parte de nuestra naturaleza; porque podemos pasar la noche viendo una película de terror, taparnos los ojos, brincar del susto o hasta gritar y, aun así, al terminar decir: “qué buena estuvo”.
Si lo pensamos, no deja de ser algo absurdo o contradictorio, pero en realidad el miedo existe desde siempre y nos protege.
Desde la época prehistórica, nos prepara para escapar, nos pone en alerta, acelera el corazón. El cuerpo interpreta una amenaza y se prepara para sobrevivir. Sin embargo, nosotros hemos encontrado la manera de sentarnos cómodamente en un sillón, apagar las luces y pedirle a una pantalla que nos asuste, además pagamos por ello y no cualquier cosa.
En México, además de recordar a nuestros muertos, esta época tiene algo fascinante. Hacemos espacio para los muertos, los fantasmas, las leyendas, las casas encantadas y todas esas historias que normalmente dejamos fuera de lo cotidiano. Nos acercamos al miedo sabiendo que podemos alejarnos cuando queramos y ese detalle importa.
Porque no es lo mismo sentir miedo frente a un peligro real que sentirlo sabiendo que estamos a salvo.
La psicología del horror ha encontrado precisamente ahí una parte de la explicación. Una revisión de investigaciones sobre el tema señala que el suspenso genera una tensión creciente ante una amenaza y que, cuando esa amenaza se resuelve, la activación negativa puede transformarse en una sensación placentera. Es una especie de montaña rusa emocional: subimos, gritamos y, cuando bajamos, queremos volver a subir.
Pero no todos buscamos lo mismo.
Hay personas más inclinadas a buscar experiencias intensas, nuevas o arriesgadas; los psicólogos hablan de sensation seeking, búsqueda de sensaciones. Y aunque esa característica no explica por sí sola por qué alguien disfruta el terror, sí aparece relacionada con el gusto por este género en parte de la investigación.
También existe algo todavía más interesante: la curiosidad por aquello que nos amenaza.
Coltan Scrivner, investigador de la Recreational Fear Lab de la Universidad de Aarhus, ha estudiado precisamente nuestra fascinación por el horror y la llamada curiosidad mórbida. Una de las ideas que plantea es casi paradójica: podemos aprender sobre amenazas sin pagar el precio de enfrentarlas realmente. El cerebro obtiene información sobre el peligro mientras nosotros seguimos sentados en un lugar seguro.
Nos asustamos, pero también estamos aprendiendo.
Y una buena opción para asustarnos es la historia de Rosemary.
En 1967, Ira Levin publicó Rosemary’s Baby. Un año después, Roman Polanski llevó la novela al cine. La película se estrenó en 1968 y fue protagonizada por Mia Farrow, John Cassavetes y Ruth Gordon. El guion fue escrito por Polanski a partir de la novela de Levin y la música quedó en manos del compositor polaco Krzysztof Komeda.
La historia parece sencilla al principio: Rosemary y Guy Woodhouse son un matrimonio joven que se muda a un antiguo edificio de Nueva York. Quieren empezar una nueva vida. Ella quiere formar una familia. Él quiere triunfar como actor.
Aparecen los vecinos: Minnie y Roman Castevet. Son amables, yo diría demasiado amables.
Esa es una de las primeras cosas que hace tan eficaz a la película: el mal no aparece vestido de negro, escondido en un cementerio, esperando bajo la cama. Aparece con una sonrisa; se presenta; pregunta cómo estás y lleva comida.
El horror se instala en la vida cotidiana.
El edificio tampoco es una cabaña perdida en medio del bosque. Es un lugar urbano, habitado, reconocible. El exterior que vemos en la película es el Dakota, en Nueva York. Por dentro, buena parte de los interiores se construyeron en los estudios de Paramount.
Eso cambia todo, porque es mucho más fácil pensar “eso no me pasaría a mí” cuando el terror ocurre en un castillo abandonado.
Pero, en un departamento, con lo vecinos, con el marido ¿Ahí ya no estamos tan seguros?
Polanski entendió algo fundamental: el miedo necesita una puerta de entrada a nuestra vida cotidiana.
Rosemary no vive rodeada de monstruos evidentes. Vive rodeada de personas comunes y corrientes y mientras el embarazo avanza, también crece la sospecha.
Hay algo que no encaja, el problema es que nadie parece verlo o tal vez, todos lo ven menos ella.
Y aquí la película comienza a jugar con algo psicológicamente más atemorizante que el miedo a Satanás: el miedo a no poder confiar en nuestra propia percepción.
Polanski mantuvo deliberadamente una ambigüedad que resulta fundamental para la película: ¿realmente está ocurriendo algo sobrenatural o Rosemary está interpretando una cadena de coincidencias desde el miedo, el aislamiento y la ansiedad?
La pregunta queda flotando y esa intriga es aterradoramente fascinante.
Porque si nos dicen que el demonio existe, tenemos un enemigo.
Si nos dicen que todo está en la cabeza de Rosemary, tenemos otra clase de problema.
Entonces aparece una posibilidad todavía más inquietante: ¿Y si no podemos confiar completamente en lo que vemos?
El miedo funciona muy bien con la incertidumbre. Nuestro cerebro está hecho para detectar amenazas y reaccionar rápidamente ante ellas; la investigación sobre miedo señala, entre otras estructuras, la participación de la amígdala en el reconocimiento y procesamiento de estímulos amenazantes.
Pero el cine no necesita mostrarnos una amenaza completa. Basta con insinuarla.
Ese es el gran secreto del terror: la película pone la semilla y nuestra imaginación hace crecer el monstruo.
Rosemary’s Baby y, décadas después, The Blair Witch Project, tienen algo en común más que el género. Ambas comprenden que enseñar menos puede provocar más miedo.
En Blair Witch casi nunca tenemos aquello que esperamos ver. En Rosemary, durante buena parte de la historia, tampoco tenemos la certeza que buscamos.
Nos dejan esperando y esperar es una forma de miedo. La intriga, la duda, la incertidumbre, y la atmosfera perfecta, acompañada de la música ayuda a hacerlo todavía más aterrador.
La nana de Krzysztof Komeda para Rosemary's Baby (conocida oficialmente como "Sleep Safe and Warm"), interpretada por la trémula voz de Mia Farrow, es uno de los ejemplos más brillantes de disonancia cognitiva en el cine.
Al contraponer una melodía infantil e indefensa con la siniestra atmósfera gótica y el destino que acecha a la protagonista, Roman Polanski logra perturbar desde los créditos iniciales.
Aunque una nana, una casa, una pareja, un embarazo y los vecinos, no deberían dar miedo.
También está Guy. Con él, la película abandona por un momento el terreno sobrenatural para entrar en uno mucho más cercano: la manipulación.
Guy es el esposo de Rosemary. Es la persona en quien ella debería confiar. Pero precisamente por esa confianza puede ejercer sobre ella un poder enorme; eso hace que el demonio sea casi una segunda preocupación.
Porque ¿qué puede ser más aterrador que descubrir que alguien en quien depositamos nuestra confianza está jugando con nosotros y nos vende al mejor postor?
Rosemary no solamente enfrenta una conspiración. Enfrenta el aislamiento. Poco a poco pierde capacidad de decidir sobre su propio cuerpo, su embarazo y lo que sucede a su alrededor. Su voz se vuelve menos importante que las voces de quienes aseguran saber qué es mejor para ella.
Y ahí aparece también el instinto materno.
Una mujer embarazada puede sentir miedo por muchas razones. En la película, ese miedo se convierte en una alarma permanente. Rosemary quiere proteger a su hijo, pero quienes la rodean parecen tener otros planes.
Rosemary’s Baby sigue siendo tan perturbadora para generaciones que nacieron mucho después de 1968.
El contexto cambia, la ropa cambia, la tecnología evoluciona, sin embargo, permanece el miedo a ser engañados y a perder el control.
No cambia el miedo a que no nos crean.
No cambia el miedo a confiar en la persona equivocada.
Cuando vemos terror, nos acercamos al peligro sin estar realmente en peligro. Solamente acariciamos el miedo y éste a nosotros, lo sentimos en el cuerpo.
El miedo también nos recuerda que estamos vivos, nos obliga a sentir, a mirar, sobre todo a imaginar y eso es algo que nunca debemos dejar de hacer, porque creamos con ella.
Rosemary’s Baby nos muestra que el monstruo más eficaz es el que no necesita presentarse, porque incluso vive en nuestros miedos más profundos, y ahí permanecerá…
*ARD