Hay puertas que uno abre todos los días sin pensarlo. La del supermercado, la del cine, la de una cafetería. Y hay otras frente a las que aparece una curiosidad distinta: esa pequeña pausa antes de entrar, una mirada alrededor y la sensación de que, detrás, espera un secreto.
Una sex shop es una de esas puertas misteriosas que están esperando recibirnos cualquier época del año.
Es recomendable la experiencia, la primera vez que yo lo hice fue en compañía de mi madre, no necesariamente para comprar. Ni siquiera para buscar algo en particular. Simplemente para mirar. Porque pocas cosas dicen tanto de una sociedad como aquello que le da curiosidad, aquello que le provoca risa nerviosa y, sobre todo, aquello de lo que todavía le cuesta hablar.
Entrar a una sex shop puede parecer, al principio, una pequeña aventura. La puerta se abre y aparecen estantes llenos de objetos que parecen pertenecer a otro planeta, cajas con nombres sugerentes, lencería, aceites, ropa comestible, accesorios y juguetes de formas tan curiosas que uno puede preguntarse, con absoluta sinceridad: “¿Y eso cómo se usa?”. Y quizá esa pregunta sea precisamente el principio de todo.
Porque una sex shop no solamente vende objetos. También vende curiosidad. Y la curiosidad, conviene recordarlo, no tiene nada de moderna.
El British Museum conserva una colección de objetos eróticos japoneses que demuestra que el ingenio alrededor del placer tiene varios siglos. Durante el periodo Edo, entre 1600 y 1868, circulaban imágenes conocidas como shunga, representaciones eróticas que no solamente mostraban encuentros amorosos, sino que también incluían referencias a objetos destinados al placer. Una de las piezas del museo, fechada entre 1822 y 1824, incluso forma parte de una serie que funcionaba como una especie de catálogo de juguetes sexuales para mujeres.
Sí, mucho antes de las compras por internet ya había quien preguntaba: “¿Qué novedades tienen?”.
El museo conserva, además, un conjunto de juguetes sexuales japoneses de principios del siglo XX elaborados con materiales como cuerno y metal. Sus creadores eran artesanos capaces de fabricar piezas cuidadosamente trabajadas y guardarlas en cajas especiales. La historia tiene incluso un detalle encantadoramente humano: aquellos objetos eran llamados warai do-gu, expresión que puede traducirse como “instrumentos para la risa”. Sexo y sentido del humor, aparentemente, tampoco son una invención reciente.
Pero si existe una mujer que merece un capítulo especial en la historia de las sex shops, esa es Beate Uhse.
Piloto, empresaria y pionera de la industria erótica, Uhse abrió en 1962, en Flensburg, Alemania, lo que es considerado la primera sex shop del mundo. El nombre del establecimiento era de una discreción casi entrañable: Fachgeschäft für Ehehygiene, algo parecido a “tienda especializada en higiene matrimonial”. Detrás de aquella expresión bastante seria había libros, anticonceptivos y productos relacionados con la vida sexual.
Porque durante mucho tiempo hablar de sexo exigía una contraseña. Hoy las cosas han cambiado. Al menos un poco. Aunque muchas sociedades viven una doble moral, porque precisamente en la ciudad de las cúpulas, también hay decenas de sex shops que abren sus puertas principalmente en días festivos.
Las sex shops contemporáneas pueden parecer tiendas de diseño, pequeños escaparates de tecnología o incluso lugares donde la lencería ocupa tanto espacio que uno podría olvidar por unos minutos dónde está. Hay juguetes para uso individual y en pareja, dispositivos cada vez más sofisticados, productos para diferentes necesidades y objetos diseñados por mentes absolutamente creativas.
En definitiva, una sex shop puede ser un pequeño museo de la imaginación humana.
Uno descubre que el placer también tiene historia, diseño, tecnología y hasta mercadotecnia. Hay objetos discretos que caben en una bolsa y otros que difícilmente pasarían desapercibidos.
Visitar una sex shop no es un examen; no hay que llegar sabiendo nombres, funciones ni categorías. Tampoco hay que demostrar experiencia. Basta con tener curiosidad y recordar que, como en casi todo lo relacionado con la intimidad, hay tres palabras que nunca pasan de moda: información, consentimiento y cuidado.
Lo interesante es que, al recorrer esos pasillos, uno puede descubrir que el verdadero tabú no necesariamente está en los objetos; está en nuestra mente.
¿Por qué una persona puede entrar sin problema a una perfumería y probar veinte fragancias, pero puede sentirse observada al tomar un lubricante? ¿Por qué comprar una crema para el cuerpo es una actividad cotidiana y hablar de bienestar sexual todavía provoca que se haga en voz baja?
Tal vez porque durante siglos aprendimos a separar el cuerpo de la conversación, pero, ya es hora de reconciliarlos.
La próxima vez que se encuentre frente a una sex shop no acelere el paso, o intente fingir que no le llama la atención el escaparate de lancería y disfraces de la temporada, o la promoción de la semana, mejor deténgase, abra la puerta y entre.
No hace falta comprar nada. Nadie está obligado a llevarse una caja misteriosa debajo del brazo ni a convertirse en experto en juguetes sexuales en una tarde. A veces basta con descubrir que detrás de esa puerta hay mucho menos escándalo del que imaginábamos y mucha más historia, curiosidad y creatividad de la que esperábamos.
El placer no siempre se esconde en una revista que promete cumplir su fantasía más atrevida, un aceite relajante, talcos comestibles, dados fluorescentes eróticos, ropa minúscula incluso una playlist que le haga vibrar de placer.
A veces un momento erótico y divertido simplemente comienza con atreverse a abrir una puerta…
*ARD









