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El rebaño digital


Pienso, luego existo
Por Adela Ramírez | 16 Agosto, 2026
Opinión
El rebaño digital

Me encontré con una reflexión de Dietrich Bonhoeffer que me hizo reflexionar: “La estupidez es un enemigo más peligroso del bien que la maldad.” La frase pertenece a un hombre que vivió uno de los periodos más difíciles de la historia europea. Bonhoeffer fue un teólogo alemán que se opuso al nazismo, participó en la resistencia y terminó encarcelado. Sus reflexiones sobre la estupidez fueron escritas durante su prisión, en los últimos años de su vida.

Pero hay que entender bien lo que Bonhoeffer quería decir. No estaba hablando de la persona que no sabe, que se equivoca o que no tuvo oportunidades para estudiar. Hablaba de otra cosa: de lo que ocurre cuando una persona deja de pensar por sí misma y comienza a aceptar como propias las ideas de otros.
Y vale la pena plantearlo en nuestro tiempo.

Porque hoy tenemos información como nunca antes. Podemos consultar un libro, una investigación, una biblioteca, una conferencia o la opinión de un especialista en cuestión de segundos. Sin embargo, también vivimos rodeados de personas que nos dicen qué pensar, qué comprar, qué admirar, qué rechazar y hasta qué deberíamos considerar importante.

Antes, para convertirse en una figura de referencia había que demostrar conocimientos, experiencia o trayectoria. Hoy basta, algunas veces, con tener una cámara, carisma y suficientes seguidores.

No estoy diciendo que un influencer no pueda tener algo interesante que decir. Tampoco que las redes sociales sean malas. Hay creadores que hacen un trabajo extraordinario divulgando ciencia, historia, literatura, arte o educación. El problema comienza cuando confundimos popularidad con conocimiento.

Porque tener un millón de seguidores no convierte a nadie en especialista.

Y, sin embargo, parece que cada vez preguntamos menos quién sabe y más quién tiene más audiencia.

Un video de treinta segundos puede explicar una guerra, una enfermedad, una teoría económica o un problema social con una seguridad admirable. El problema es que la seguridad con la que alguien habla no demuestra que tenga razón.

Es entonces donde el pensamiento crítico vuelve a ser necesario.

Pensar críticamente no significa desconfiar de todo ni llevar la contraria por deporte. Significa detenerse un momento y preguntar: ¿de dónde viene esta información?, ¿qué pruebas existen?, ¿quién lo afirma?, ¿qué otra explicación puede haber?, ¿qué estoy dejando fuera?

Son preguntas sencillas, pero requieren algo que nuestra época parece estar perdiendo: tiempo.

Tiempo para leer. Tiempo para comparar. Tiempo para equivocarnos. Tiempo para cambiar de opinión.

Por ejemplo, me preocupa la manera en que algunas personas miran a los libros clásicos. Con frecuencia se presentan como algo viejo, pesado o distante. Como si leer a Cervantes, Shakespeare, Dostoyevski, Orwell o Hannah Arendt fuera una obligación escolar que podemos abandonar en cuanto termina el examen.

Pero los clásicos no sobrevivieron porque alguien decidió que debían sobrevivir. Sobrevivieron porque siguen hablando de nosotros.

Hablan del poder, de la ambición, del miedo, de la libertad, de la manipulación, de la mentira, de la soledad y de esa curiosa costumbre humana de creer que tenemos razón incluso cuando los hechos dicen lo contrario.

Leer no nos vuelve automáticamente más inteligentes. Pero nos pone frente a otras ideas y nos obliga, algunas veces, a revisar las nuestras. Y eso es justamente lo que necesitamos.

Bonhoeffer escribía desde la experiencia de una sociedad que había visto cómo millones de personas podían ser conducidas por una ideología, por la propaganda y por la obediencia. Su reflexión no era una teoría científica sobre la inteligencia; era una preocupación moral sobre la pérdida de la capacidad de juicio.

No vivimos aquella época y sería absurdo comparar directamente a un influencer con un régimen totalitario. Pero sí podemos hacernos una pregunta que pertenece a cualquier época:

¿Qué sucede cuando dejamos que otros piensen por nosotros?

Hoy las figuras de autoridad ya no siempre están en un gobierno, en una universidad, en un periódico o en una institución. También pueden estar detrás de una pantalla. Y algunas tienen una influencia enorme sobre personas muy jóvenes.

El problema no es que existan esas figuras. Siempre han existido personas influyentes. El problema es cuando aceptamos sus opiniones sin preguntarnos por qué deberíamos creerles.

Ahí comienza algo que Bonhoeffer consideraba especialmente peligroso: la persona deja de utilizar su propio juicio y empieza a repetir el pensamiento de alguien más.

Lo vemos todos los días: “Lo dijo tal persona.”, “Lo vi en TikTok.”, “Todo el mundo está diciendo lo mismo.”

Pero que algo sea repetido muchas veces no lo convierte en verdad.

Tampoco necesitamos que nuestros jóvenes piensen como nosotros. De hecho, sería bastante preocupante que lo hicieran. Una generación que no cuestiona a la anterior probablemente no está aprendiendo demasiado.

Lo que sí necesitamos es que aprendan a cuestionar también aquello que les gusta.

Que puedan admirar a alguien y reconocer que está equivocado; escuchar una opinión contraria sin sentir que están siendo atacados; es importante que puedan decir “no sé”; abrir un libro antes de compartir una explicación y que sepan distinguir entre una experiencia personal y una evidencia.

Eso es pensamiento crítico y defenderlo no es un capricho. Es una necesidad.

Porque una sociedad puede tener muchísima información y, aun así, pensar muy poco. Tener acceso a todos los libros del mundo y no abrir ninguno, así como tener especialistas al alcance de un teléfono y preferir la opinión de quien llama más la atención y está de moda.

Puede confundir una tendencia con una verdad y una cantidad de seguidores con una autoridad. Por ejemplo, las llamadas fake news.

Bonhoeffer nos deja una lección que parece tan actual, porque los adultos tampoco debemos tener miedo de que las nuevas generaciones piensen diferente. Debemos preocuparnos cuando dejan de hacerse preguntas.

Porque la inteligencia no está en tener una opinión para cada tema. Está también en saber cuándo una opinión necesita más información.

Tal vez por eso, en medio de tanta prisa por opinar, compartir y reaccionar, abrir un libro es un verdadero placer y terminarlo, en estos tiempos, una auténtica hazaña. Si bien los libros no siempre tienen la razón, nos recuerdan algo que ninguna tendencia debería quitarnos: el derecho y la responsabilidad de pensar por nosotros mismos.

La verdadera libertad no consiste en tener algo que decir todo el tiempo, sino en conservar la capacidad de pensar antes de hacerlo. Mantener la curiosidad de preguntar, la humildad de aprender y el valor de pensar por nosotros mismos quizá sea una de las mejores formas de seguir siendo humanos en una época que, sin darnos cuenta, puede convertirnos en autómatas: personas que, sin conocimiento propio, se dejan llevar por tendencias, likes y ese famoso algoritmo que parece conocer hasta nuestras horas de scrolleo.

*ARD

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