Cada vez que rueda un balón, millones de personas detienen el mundo y durante los últimos días hemos sido testigos de esta dinámica mundialista.
Las calles se vacían, mientras los restaurantes se llenan y en muchos puntos del planeta las pantallas se convierten en altares modernos y, por noventa minutos, parece que no existe nada más importante que un gol.
Ojalá fuera así para todos, sin embargo, mientras unos discuten si hubo fuera de lugar, otras mujeres cuentan las cervezas, miden el tono de voz de su pareja y oran para que el silbatazo final no marque el inicio de otra pesadilla.
Su partido comienza cuando termina el nuestro y lo más preocupantes es que no es una metáfora. Es una realidad documentada.
ONU Mujeres ha advertido que los grandes eventos deportivos pueden aumentar el riesgo de violencia contra las mujeres cuando se combinan factores como el consumo excesivo de alcohol, la presión social, las normas machistas y la impunidad. La organización es clara en un punto esencial: el fútbol no provoca la violencia; quien la provoca es el agresor.
El deporte no crea golpeadores. Lo que hace, en algunos casos, es convertirse en el escenario donde la violencia encuentra una excusa para manifestarse.
Los datos respaldan esta realidad.
La investigación más citada sobre este fenómeno, realizada por la Universidad de Lancaster, encontró que durante los partidos de la selección inglesa los reportes de violencia doméstica aumentaban un 38 % cuando el equipo perdía y un 26 % cuando ganaba o empataba.
Ese dato rompe un mito que implica que para muchas mujeres el marcador no importa, siempre pierden. Puesto que, la violencia no depende únicamente de la derrota, también aparece en la celebración.
El problema siempre fue quien creyó que tenía derecho a descargar su frustración, su euforia o su necesidad de control sobre alguien más.
Cada Mundial nos deja imágenes inolvidables, que en estos tiempos se hacen virales en redes sociales: niños llorando de felicidad, abuelos abrazando a sus nietos, desconocidos celebrando como si fueran familia, un pato con playera de la selección, gente bailando en la calle y una fiesta mundial que se contagia.
Pero hay otra transmisión que casi nunca vemos y es la de las mujeres que esconden a sus hijos en una habitación.
Muchas bajan el volumen del televisor para escuchar si los pasos vienen hacia ellas, esperan que el partido termine sin que termine también su tranquilidad.
Esa historia no aparece en los resúmenes deportivos, porque no genera audiencia, ni venta de camisetas y no se vuelve tendencia.
Sin embargo, también forma parte del espectáculo y eso resulta doloroso. Nos obliga a aceptar que una sociedad puede presumir estadios llenos y, al mismo tiempo, hogares vacíos de respeto.
En muchos hogares del mundo la verdadera competencia no está entre dos selecciones, sino entre la cultura de la violencia y la cultura del respeto.
El fútbol tiene un poder extraordinario para unir personas. Sería una tragedia que también sirviera para justificar aquello que jamás debería tolerarse.
La pasión nunca puede convertirse en permiso, el alcohol en coartada, una derrota en sentencia o peor aún que una victoria signifique contar con licencia para perder el control.
Es momento de que el marcador deje de medirse solamente en goles, y comience a medirse también en hogares donde, al terminar el partido, el único ruido que se escuche sea el de una familia celebrando o aceptando una derrota con la misma dignidad con la que debería vivirse cualquier juego.
El fútbol es un deporte, la violencia, nunca.
*ARD









