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¿Mala suerte en el amor o albetización emocional?


Pienso, luego existo
Por Adela Ramírez | 24 Mayo, 2026
Opinión
¿Mala suerte en el amor o albetización emocional?

Hay una pregunta silenciosa que muchas mujeres se hacen después de varias relaciones fallidas:

“¿Será que el amor de pareja simplemente no es para mí?”

La pregunta parece romántica, pero en realidad es profundamente social.

Durante décadas se educó a las mujeres para creer que amar implicaba resistir, adaptarse, comprender, justificar y sostener emocionalmente incluso aquello que las lastimaba. La idea del amor romántico convirtió el sufrimiento femenino en prueba de compromiso y la tolerancia emocional en virtud moral.


Esposas


Lo que aún piensan muchas mujeres en pleno siglo XXI no es casualidad.

En 1953, por ejemplo, la Sección Femenina de la Falange española distribuía la famosa “Guía de la Buena Esposa”, un manual redactado por Pilar Primo de Rivera que enseñaba a las mujeres cómo comportarse para agradar al marido. Entre sus recomendaciones estaban:

tener la comida lista antes de que él llegara, lucir fresca y hermosa para recibirlo, evitar quejas, guardar silencio, mantener a los niños tranquilos y procurar que el hombre encontrara en casa “un pequeño paraíso de descanso”.

El mensaje era devastador: la estabilidad emocional masculina era responsabilidad femenina.

Y en el baúl de mi abuela encontré El secreto de la dicha conyugal, del doctor Haroldo Shryock, uno de esos manuales ampliamente difundidos en América Latina durante décadas, donde la armonía matrimonial descansaba casi por completo en la capacidad femenina de adaptarse, servir, comprender y conservar la estabilidad emocional del hogar, reiteraba por supuesto que, “el amor lo puede todo”.

Las mujeres debían sostener; los hombres, ser sostenidos y aunque el mundo cambió, muchas estructuras emocionales siguen intactas.

Todavía hoy numerosas mujeres son educadas para priorizar el bienestar emocional masculino antes que el propio. Por eso tantas crecieron creyendo que los celos eran amor, que el control era protección y que el desgaste psicológico era parte natural de construir pareja.

Sin embargo, algo comenzó a cambiar.

Cada vez más mujeres leen, estudian, van a terapia, construyen autonomía económica, desarrollan pensamiento crítico y trabajan activamente en su salud emocional. Aprenden a poner límites, a reconocer manipulación afectiva y a distinguir entre amor e imposición.

Y entonces ocurre algo curioso: muchos hombres se van.

A veces desaparecen emocionalmente, invalidan, se victimizan o simplemente huyen cuando descubren que ya no podrán controlar la relación desde la culpa, los micromachismos o el desgaste psicológico; dinámicas que prevalecen cotidianamente en todos los círculos sociales.


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Y ahí aparece una interpretación dolorosa: “Qué mala suerte tengo.”

Pero quizá la pregunta correcta sea otra, ¿y si no es mala suerte?

La psicología contemporánea ha estudiado ampliamente el llamado coercive control o control coercitivo, una forma de violencia psicológica basada en manipulación, aislamiento emocional, microcontrol y desgaste constante. Investigaciones publicadas por la University of Melbourne advierten que estas dinámicas generan ansiedad, pérdida de autoestima y trauma emocional prolongado incluso sin violencia física visible.

En Los cautiverios de las mujeres, la antropóloga mexicana Marcela Lagarde deconstruye los roles tradicionales de género como mecanismos de opresión patriarcal. En ellos, las mujeres son educadas y confinadas a ser "seres-para-otros", limitando su autonomía y obligándolas a vivir en función de sus parejas, familias o la sociedad.

Quizá por eso tantas relaciones terminaron convirtiendo a las mujeres en cuidadoras emocionales permanentes mientras sus propias necesidades eran minimizadas.

Pero una mujer emocionalmente trabajada deja de funcionar bajo esa lógica. Ya no romantiza los celos disfrazados de amor, el control disfrazado de preocupación, el silencio como castigo, la humillación disfrazada de sinceridad ni la manipulación disfrazada de fragilidad masculina.

Y eso, inevitablemente, transforma las relaciones.

La American Psychological Association ha señalado que los modelos rígidos de masculinidad suelen asociarse con dificultades para gestionar emociones, vulnerabilidad y relaciones igualitarias. No se trata de “hombres malos” y “mujeres buenas”; se trata de estructuras emocionales aprendidas durante generaciones.

Por eso la alfabetización emocional es urgente. Amar no debe significar soportar deterioro psicológico. Una pareja sana no disminuye proyectos personales, amistades, autonomía ni autoestima. Ninguna relación madura necesita control para sostenerse.


Relaciones de pareja


Simone de Beauvoir escribió: “No se nace mujer: se llega a serlo.”

Hoy muchas mujeres están resignificando esa frase desde otro lugar. Están decididas a no ser complacientes, sino conscientes. Conscientes de sus límites, de su dignidad y de sus derechos emocionales.

La escritora y activista bell hooks advirtió: “El amor y el abuso no pueden coexistir”. Además, ella dejó claro que el feminismo es para todos, puesto que “los hombres también sufren bajo el patriarcado”.

La terapeuta y escritora Robin Norwood escribió en Las mujeres que aman demasiado “cuando amar significa sufrir, estamos amando demasiado”.

Actualmente, muchas mujeres pueden ver en retrospectiva que gran parte de sus relaciones no eran amor; eran costumbre emocional al dolor.

Durante demasiado tiempo se nos enseñó a salvar relaciones antes que salvarnos a nosotras mismas.

Hoy sabemos algo distinto: la buena suerte en el amor no aparece mágicamente. Se construye con límites, autonomía, terapia, pensamiento crítico y con la capacidad de irse de donde una ya no puede crecer.

La mejor relación que una persona puede construir es aquella donde no necesita traicionarse para permanecer.

A veces no es fácil conseguirlo, pero, la mayor señal de salud emocional es la valentía de elegirse siempre a una misma.


*ARD
 

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