El espacio aéreo de Caracas volvió a ser escenario de una demostración de fuerza internacional tras el sorpresivo despliegue militar ejecutado por el Comando Sur de Estados Unidos en territorio venezolano. La operación involucró dos aeronaves de despegue vertical Bell Boeing MV-22 Osprey y al menos un helicóptero MH-60S Knighthawk pertenecientes al Cuerpo de Marines, los cuales sobrevolaron varios sectores de la capital antes de aterrizar en los terrenos de la embajada estadounidense. Paralelamente, en aguas del Caribe y frente a las costas del país, los navíos de guerra Iwo Jima y el crucero lanzamisiles Lake Erie se posicionaron durante varias horas para respaldar las maniobras.
La legación diplomática de Washington calificó el movimiento como un ejercicio de respuesta militar estándar enfocado en garantizar la capacidad de reacción rápida de sus fuerzas armadas. Sin embargo, la incursión despertó una profunda inquietud entre la población civil, que aún arrastra las secuelas del violento operativo del pasado 3 de enero, el cual culminó con un saldo de un centenar de víctimas mortales y la captura del expresidente Nicolás Maduro junto a su esposa, Cilia Flores. Las autoridades chavistas de la época habían denunciado repetidamente el impacto psicológico y los traumas que tales eventos bélicos generaron en las comunidades locales, especialmente entre los menores de edad.
El desconcierto político aumentó debido al manejo informativo del actual gobierno interino liderado por la presidenta encargada, Delcy Rodríguez. Aunque el canciller Yván Gil había anunciado días antes en televisión nacional que se trataba de un simulacro de evacuación médica y contingencias catastróficas autorizado en coordinación con las autoridades aeronáuticas y la Cruz Roja Venezolana, el comunicado oficial fue borrado de todas las plataformas gubernamentales y medios públicos pocas horas después de su difusión, dejando una estela de contradicciones sobre los verdaderos alcances del despliegue norteamericano.
Protestas populares y vacíos de comunicación oficial
La jornada coincidió con la visita a Caracas del jefe del Comando Sur, Francis Donovan, quien supervisó las maniobras y sostuvo reuniones bilaterales con altos funcionarios del gobierno interino para afianzar la cooperación en seguridad. Mientras las aeronaves militares cruzaban el cielo caraqueño, diversas organizaciones de izquierda, movimientos sindicales y colectivos populares tomaron las plazas públicas para manifestarse en contra de lo que catalogaron como una flagrante violación a la soberanía nacional, culminando las protestas con la quema de efigies de figuras políticas estadounidenses como Donald Trump y Marco Rubio.
Las críticas también provinieron de sectores políticos de centro e izquierda moderada. Dirigentes como Juan Barreto, líder de la plataforma Redes, y Claudio Fermín, presidente del partido Soluciones, reprocharon duramente la postura pasiva y la falta de explicaciones por parte de la administración central de Rodríguez, la cual optó por mantener un hermetismo absoluto hasta el cierre de las coberturas informativas. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) tampoco emitió pronunciamientos institucionales respecto a la presencia de las tropas extranjeras en la capital.
Con el retiro de los buques de guerra de las costas venezolanas al caer la tarde, Caracas recuperó una aparente normalidad, aunque el debate sobre la autonomía nacional y la influencia de Washington en la política interna de la transición permanece al rojo vivo. El ejercicio del Comando Sur deja en claro que el control operativo y la seguridad diplomática en la región siguen siendo prioridades de alta relevancia para la Casa Blanca, en un contexto donde las heridas del reciente cambio de régimen aún no han sanado por completo en la sociedad civil.














