Claudia Sheinbaum no se equivocó con García Harfuch

Claudia Sheinbaum no se equivocó con García Harfuch


Por Juan Bustillos el 2020-09-25

Hasta en periodismo hay clases sociales.

He procurado nunca envidiar los éxitos de los colegas, pero me resulta imposible no hacerlo con Carlos Loret, y no precisamente porque al convertirlo el presidente López Obrador en uno de sus objetivos más visibles le ha otorgado mayor valor del que ya tiene como profesional, quizás sólo superado por los “intelectuales orgánicos Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín”, sino por la entrevista a Omar García Harfuch.

Me consuela haber perdido la entrevista con el secretario de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México –debo decir, nadie la habría realizado mejor que Carlos, con quien, no me desmentirá, jamás he cruzado palabra y nada me liga –, el hecho de que a Omar me une algo más profundo que una mera relación periodística que tiene que ver con su excepcional padre, no sólo por el paisanaje ni la coincidencia de la vecindad en sus últimos días de poder y también en los postreros de vida cuando el jefe de la policía capitalina era un chamaco, sino la protección afectiva que sólo un padre, en este caso putativo, podría extender cuando salí la primera ocasión de El Universal y me convertí en nada, como todo periodista que de pronto no tiene en dónde publicar.

¿Cómo olvidar el primer encuentro por las calles de Morelia en la Dirección Federal de Seguridad, las pláticas en sus oficinas de subsecretario de Gobernación; en mi mesa familiar cuando acudía a comer sin probar, a mi pesar, una gota de alcohol; en las oficinas de la Presidencia del PRI y en el jardín de su casa en los largos y abundantes desayunos ofreciendo lecciones de política y recordando lo poco o mucho que me permitió ver?

Mentiría si no dijera que a pesar de conocer a García Harfuch un poco más que la mayoría de mis colegas no me impresionó su relatoría del atentado que sufrió la mañana del 26 de julio pasado a poca distancia del Palacio del Ayuntamiento y del Palacio Nacional.

Y no me referiré a su valentía personal que de casta le viene al Tigre, no sólo por don Javier García Paniagua, su padre, sino por don Marcelino García Barragán, su abuelo y otros tantos García que hay en su dinastía con origen en Cuautitlán, Jalisco, que luego se instaló en Autlán, allá por El Grullo.

Me emocionó una de sus cualidades muy familiares que trae en la sangre, la lealtad a su jefa, Claudia Sheinbaum.

Loret le hizo la pregunta obligada sobre sus ambiciones de ascender al hablar de la posibilidad de que pronto Alfonso Durazo deje la Secretaría de Seguridad Ciudadana para emigrar a Hermosillo a gobernar a sus paisanos sonorenses.

Omar explicó que en su estilo no está decir no al presidente de la República si da una orden, aunque parezca solo una invitación o sugerencia, sino en las razones por las que no abandonaría a la jefa de Gobierno.

 

Desde luego se trata de un proyecto que no podría tirar a 11 meses de asumirlo, sino de los valores personales que la señora Sheinbaum le mostró en uno de los tantos momentos peligrosos que ha vivido en su carrera policíaca, no sólo por la cantidad de balas con que intentaron asesinarlo, sino en el contexto y lugar que ocurrió.

Escucharlo me trajo a la memoria el Cantar del Mío Cid y la referencia al vasallo tan leal que merece un rey igual de leal, pero aquí debo decir que en sentido contrario, que éste vasallo leal tiene una reina que por leal merece su lealtad traducida en trabajo incesante aún corriendo el peligro de perder la vida, y en desaprovechar el merecido crecimiento profesional sólo por cumplir con el proyecto al que lo invitó y en correspondencia a cómo se comportó con él cuando parecía que el atentado acabaría con su existencia sumiendo en el dolor a su familia, como ocurrió a sus queridos compañeros, pero también con su carrera policíaca.

García Harfuch lo explicó con tanta sencillez a Loret, sin grandilocuencias ni poses que obliga a recordar a su abuelo rechazando las pretensiones norteamericanas de aprovechar la enfermedad y debilidad política de Gustavo Díaz Ordaz para hacerse del poder presidencial, o la respuesta de su padre cuando Manuel Bartlett le pidió a nombre del candidato presidencial del PRI, De la Madrid, unas posiciones en el partido en el poder. Las palabras de don Javier son de antología: “¡todas son suyas, incluida la mía!”, y se marchó a despachar los asuntos de la Secretaría del Trabajo en el vapor de la Santa María.

Con el tiempo, ya fuera de la posición que ahora ocupa su hijo, le hablé al gran viejo en su casona de Risco de cuando “perdimos” la candidatura presidencial. Puso cariñoso la mano sobre mi hombro y explicó: “Hijo, se pierde lo que se tiene, la candidatura nunca fue mía”.

Poco después, Carlos Salinas reconocería su lealtad a prueba de todo entregándole la conducción de la agrupación armada más importante del país después de las Fuerzas Armadas.

Para decirlo de otra manera, el presidente puso su seguridad en las manos de quien sufrió la canallada de ser colocado bajo sospecha de pretender levantarse en armas por no haber sido candidato, tan impensable en un hombre de su estructura y formación familiar como el episodio fantasioso y ofensivo de la inimaginable bofetada que por la misma razón habría asestado al presidente López Portillo ¡en Los Pinos!, Con el tiempo, Salinas me diría: ¿en qué mejores manos podía estar?

Las respuestas de García Harfuch a las preguntas de Loret arrancaron de mi memoria senil todos estos episodios históricos que explican la reacción de Omar ante el atentado, incluso su manera de relatar sus sentimientos al abrazar a sus hijas colocando el incidente en Las Lomas a la altura de muchos otros que vivió en otras acciones como policía federal o como director de la Agencia de Investigación Criminal de la PGR.

Alguna ocasión reclamé al presidente Carlos Salinas –con él se podía hablar y hasta debatir—por qué dio a un periodista inglés la entrevista en la que negó las aspiraciones releccionistas que los especuladores de siempre le adjudicaban. Su respuesta fue corta: “no me la pediste”. Algo similar contestará Omar si llego a reclamarle.

A los reporteros siempre nos queda el falso consuelo de minimizar los logros de otros diciendo que lo habríamos hecho mejor, pero insisto, la entrevista de Carlos es insuperable y, también hay que decirlo, con nadie más sus palabras tendrían la resonancia que con él. Además, está el valor adicional de que el entrevistador, hay que resaltarlo, se trata de un periodista que no goza, como muchos más, de las preferencias oficiales.

Pero lo mejor de todo es ver entero a García Harfuch. Me refiero a la cuestión física, no a sus valores personales que son inmutables. No parece que apenas dos meses atrás hubiese sufrido tantos impactos de bala y esquirlas. La única conclusión posible es que los chilangos tenemos la garantía de que nuestra seguridad está en las mejores manos posibles. Que Claudia Sheinbaum no se equivocó.

 *BC